Tetas y culos

Me pregunto, como mi amiga Amanda Mervine Edwards, en qué momento empezamos a sentirnos feas. Ni siquiera lo recordamos. Pero el veneno se nos quedó incrustado bajo la piel, y brota como un sarpullido cuando toca probarse el primer bikini del año bajo la luz de neón o exponerse a la mirada de un nuevo amante. A veces, basta una visión fugaz en el reflejo de un escaparate.

Y entonces corremos lejos del espejo, incapaces de soportar la angustia, en busca de un capricho que nos haga olvidar (cuánta psicología femenina sabía quien inventó aquello de “Porque yo lo valgo”) o el consuelo de nuestras amigas, siempre dispuestas a regalarnos un “¡Estás estupenda!” que les sale del corazón. Porque ellas saben… Y nosotras sabemos que nunca nos van a decir Sí, tienes el culo gordo y las tetas caídas. Aunque lo piensen. Porque incluso si lo piensan, lo piensan con cariño. No les importa, porque ven la belleza que hay en la luz de nuestra sonrisa, en nuestra vulnerabilidad, incluso en las estrías que se quedaron ahí después de albergar una vida en nuestro vientre o adelgazar muchos kilos para intentar ser más bonitas. 

No es vanidad ni mero complejo. No es querer tener la melena rubia y lisa cuando tu pelo crece oscuro y rizado. Es la sensación, secreta y vergonzosa, de ser imperfectas, anormales, deformes. De tener ensartada una voz en las tripas que nos dice Eres fea. Racionalmente, no tiene sentido. Lo sabemflor_resizedos. Hay una infinita variedad de cuerpos, de pechos y vaginas, y según los psicólogos y ginecólogos todos son normales.

Lo que no es normal, y eso también lo sabemos, son los cuerpos de tetas infladas hasta el delirio, caras inexpresivas, labios como morcillas, pubis infantiles. Eso es lo que debería parecernos feo, y en realidad nos lo parece, pero en algún oscuro rincón de nuestro interior, ahí donde la voz maligna y el veneno forman un amasijo, incomprensiblemente querríamos ser así, artificiales y perfectas, porque creemos que así es como a ellos les gustan las mujeres. Y nos gustaría, por un instante, ser invulnerables, insensibles, impenetrables, como maniquíes. 

Aunque nuestros hombres nos susurren al oído lo mucho que nos desean, nos repitan que nos quieren tal y como somos, a veces ni siquiera podemos creerles. Si supierais, no hablaríais con tanta ligereza sobre tetas y culos, pensamos. Como si el sol se apagara por un instante, ciegas y desesperadas, solo buscamos la forma de arrancar de nuestra piel todas las burlas, las comparaciones, las miradas de desaprobación, el terror a esa voz que, cuando éramos pequeñitas, nos dijo que nadie nos querría si no éramos las más bonitas.  

Foto: Vulvalovelovely 

 

 

 

 

 

Yo también miro el móvil en el metro

Cuando era pequeña leía las tiras de Mafalda en los tebeos de Esther y su mundo. Algunas no las entendía, otras me dejaban pensando y otras más se me quedaron grabadas. Una de mis favoritas es esa en la que Mafalda le pregunta a Susanita si ha hecho sus deberes y esta, que está saltando a la comba y practicando eso que ahora llamamos procrastinar, le responde: “La gente no quiere hacer nada, la gente no quiere trabajar. ¿Te das cuenta de  cuál es mi drama, Mafalda? ¡Que yo soy muy gente!” 

Me acuerdo de esta tira cuando oigo a alguien quejarse de que la gente va en el metro con la vista fija en el móvil y eso nos va a llevar a la deshumanización absoluta, la enajenación mental y no sé cuántas desgracias más. Pues es que yo para eso soy muy gente. También miro el móvil mientras voy en el metro. A veces solo cotilleo Facebook. Otras respondo mis emails de trabajo. Pero aunque esté jugando a disparar ladrillos, ¿quién demonios tiene derecho a deducir que soy una cateta inhumana y asocial? Francamente, prefiero mirar mi móvil a las caras de acelga que me rodean, y comprendo que a otros les pase lo mismo conmigo. No es nada personal. Entramos en el metro y activamos el modo robot.  

Yo a veces, como Susanita, soy muy gente. Igual que a ella, se me da de maravilla procrastinar. Y aunque voy al cine en V.O., veo las películas en casa sin doblar porque me da mucha pereza leer subtítulos en el sofá. Es más, me encantan los telefilmes de tragedias y algún que otro reality show. También compro en Zara aunque lo hago con remordimiento de conciencia ahora que sé que su ropa la fabrican esclavos. A veces leo bestsellers por el puro placer de engancharme a una historia ajena a la mía, y también leo el Cuore y me parto de risa con sus comentarios políticamente incorrectos sobre las imperfecciones de las famosas, esas que posan en la revista de al lado con pretensiones de diosas hasta las orejas de Photoshop. Ah, y me encantan los bufés libres y llenarme el plato de comida que no me voy a comer.

Y cuando estoy sola en casa hago todas esas cosas. Sí, esas.

Como diría Alaska, la protagonista de mi reality favorito, ¿a quién le importa?

Revistas femeninas

Ayer me di una vuelta por el Vip’s y me puse a hojear las revistas mensuales femeninas. Diez minutos después las dejé todas en su sitio, entre aburrida y asombrada. No es que tuvieran demasiadas páginas de moda y belleza para mi gusto, que las tenían, sino que no había nada interesante que leer. Parecían publirreportajes de marcas, locales, destinos turísticos, restaurantes.

¿Excepciones? Sí. Harper’s Bazaar, Telva, aunque no sea mi estilo, y Cosmopolitan. La publicación que lleva colgado el sambenito de ser la típica revista femenina con contenidos frívolos me parece ahora mismo una de las pocas que publica artículos que pueden gustar más o menos, pero al menos cuentan una historia, dan consejos o intentan empoderar a las lectoras. Y no lo digo porque algunos de ellos los escriba yo. Ya me gustaría que hubiera más revistas que me pagaran por escribir en ellas algo que no me hiciera bostezar. La culpa, dirán algunos, es  de la crisis, esa que no afecta al sector del lujo.

Dicen que las revistas femeninas están hechas para invitar a las lectoras a soñar. Pero, ¿a soñar con qué? ¿Con embutirse en una talla 34? ¿Con emprender una carrera como “musa” de diseñador o “It Girl”? ¿Con resorts en islas privadas que nunca pisarán? En otras palabras, están hechas para perpetuar el modelo de “belleza” impuesto desde los departamentos de marketing de empresas que fomentan la esclavitud y experimentan con animales; para alimentar un ideal de vida consumista e inalcanzable que nos distraiga un ratito de nuestra deprimente vida por el módico precio de menos de 5 euros.

Un paseo por el stand de revistas extranjeras me trae un poco más de esperanza. También son básicamente catálogos publicitarios, pero entre anuncio y anuncio hay artículos, reportajes, entrevistas y hasta relatos de los que despiertan interés y hacen reflexionar. Lástima que no encuentro el Vogue británico, cuya editora Alexandra Shulman es algo así como la anti Anna Wintour, ese diablo que viste de Prada y tiene cara de oler a vinagre. Shulman, hija de intelectuales, asiste a los desfiles con un libro, escribe novelas en lugar de acudir a fiestas en yates de diseñadores y, sobre todo, lleva 20 años sin permitir que en su revista se publiquen artículos sobre cirugía estética o dietas. La mujer que en 2009 firmó una carta pidiéndoles a los diseñadores top que dejaran de usar modelos esqueléticas anda ahora embarcada en la realización de un documental donde muestra a los adolescentes el proceso de chapa y pintura que hay detrás de esa imágenes de perfección que se publican en las revistas.

Shulman, por otro lado, no es partidaria del teletrabajo y tiene unas ideas bastante discutibles respecto a la vida profesional y la maternidad, pero al menos es una mujer que expresa lo que piensa más allá del “adoro los diseños de…” o “no puedo vivir sin la crema…”. Sería estupendo que, además, empezara a sacar mujeres de verdad en la portada de su revista. Que hubiera muchas Shulman, muchas revistas, muchos departamentos de marketing, que dijeran basta a la estupidez. Señoras, otras revistas femeninas son posibles. 

 

 

 

 

Cosas de mujeres

Mientras releo la novela “Solo para mujeres”, de Marilyn French, que me ha enviado la editorial Lumen, recuerdo lo mucho que me gustó la primera vez que la leí, cuando estaba en los primeros años de universidad y llevaba el título más escueto de “Mujeres”. Eran los tiempos de descubrir a las Brönte, Woolf, Austen, de Beauvoir, Martín Gaite. No es que antes no hubiera leído. Todo lo contrario. Yo devoraba los libros, en casa anárquicamente y en el instituto tal y como me ordenaban. Baroja, Unamuno, Machado, Lorca, Galdós, Cervantes. Tampoco es que estos no me gustaran (menos Baroja, que me provocaba ganas de dormir la siesta). Lorca me ponía el vello de punta, Galdós me enganchaba como un culebrón irresistible. 

Pero ni en el instituto ni en la universidad (y eso que yo elegí letras puras) nos mandaban leer libros escritos por mujeres. Y por eso las chicas de mi generación pasábamos, gracias al boca a boca y a una especie de magnetismo natural, de Enid Blyton, Agatha Christie y Purita Campos a buscar una habitación propia donde leer a las Brönte y compañía. Escritoras descomunales pero que siempre despertaban en Los Entendidos un rictus de “bah”, “literatura escrita por mujeres”. En esas, cayó en mis manos “Mujeres”.  Y me impactó porque hablaba de mujeres de nuestros tiempos, no de jovencitas arrebatadas en los páramos de Yorkshire.

Mujeres que se casan, tienen hijos, se divorcian, se caen, se levantan, vuelven a empezar. Mujeres que se reúnen para hablar con las amigas con tal de no volverse locas a fuerza de estar encerradas entre cuatro paredes. Mujeres que odian, y en el mejor caso toleran, a sus maridos, sin los que no tienen entidad propia.

Claro, la novela se publica en los años 70 y tiene un afán didáctico feminista evidente. Tal vez un poquito anticuado, pero sigue siendo una historia entretenida, lúcida, compleja, y sobre todo capaz de plasmar en la página los pensamientos secretos, las contradicciones a veces desgarradoras, la forma de sentir y de relacionarnos de las mujeres. Era la primera vez que leía a una mujer contar con tanta exactitud las cosas que nos pasan a todas las demás. Sí, sí, sí, pensaba yo a cada párrafo, aunque ni estaba casada ni era una desperate housewife de los suburbios americanos; ni tampoco una líder estudiantil comunista o lesbiana. Y la casa, los hijos, los mocos, los pañales: como a los personajes de la novela, todo eso me parecía una condena a la esclavitud. Me alegraba de haber nacido, a diferencia de ellas, un poco más tarde. Me consolaba leer que otras mujeres, aun de ficción, se sentían igual de rabiosas que yo, que crecí con tres hermanos varones en una casa donde mi padre ponía el grito en el cielo cuando estábamos malos y venía a vernos una doctora, y no un doctor. Donde yo me llevaba las bofetadas por reclamar que ellos también pusieran y quitaran la mesa.

Pero ahora que releo el libro descubro nuevos matices. Otros tonos, capas, colores, que la primera vez no pude percibir. Ahora, cuando pienso en mi madre, que era ama de casa en los años 70, me admiro preguntándome cómo hacía para ocuparse de la casa, el marido y cuatro hijos menores de cinco años. Y además ahora miro a mi alrededor y veo muchas, muchas mujeres asombrosas. Trabajan en la oficina, montan empresas, cuidan de sus niños mientras escriben libros, hacen gimnasia antes de ir a la oficina aunque hayan pasado la noche en vela porque el pequeño tenía fiebre, se divorcian porque no son felices sin que les frene el que sus dos hijos tengan necesidades especiales, son madres solteras por elección propia que cuidan solas de sus niños y además asesoran a otras mujeres que quieren quedarse embarazadas. Y mientras doy vueltas a todas estas ideas antes de ponerlas por escrito entrevisto a Almudena Bernabéu, una abogada y madre de familia que trabaja en Estados Unidos enviando dictadores bananeros a la cárcel. A punto de entrar en la lista de las personas más influyentes del año 2012 de la revista Time, Almudena contesta mis emails desde su iPhone y se disculpa por el retraso en responder (su “enano” la reclama entre viaje y viaje) con esa naturalidad de las mujeres admirables. 

 

Belleza en bote de plástico

Buscando información para escribir un artículo voy a parar a la página web de una agencia de modelos, donde me entero de la altura y la talla de algunas de las más famosas: Cara Delevigne: 1’76, talla 34. Camila Alves: 1’75, talla 34. Milla Jovovich: 1’74, talla 34. Miranda Kerr: 1’75, talla 36. Bar Refaeli, una de las que se cita como ejemplo cuando se habla de “modelos con curvas”: 1’73, talla 36.

Desde que era adolescente he escuchado voces que se alzan contra la “tiranía de la industria”, denunciando lo absurdo de colocarnos a estas mujeres como modelos no ya de moda, sino de feminidad y belleza. Siempre me pareció que tenían razón, pero a mis 15, 16, 20 años yo aspiraba en secreto a ser como ellas.  A los 40, a mí también me indigna y me hastía el continuo machaque de las revistas de belleza, con su lenguaje presuntamente fresco y rompedor (“¡No tienes excusa!”, “Los musts sin los que no podrás vivir”, “¿Lista para la operación bikini?”) que me causa una pereza y una irritación infinitas.

Me gusta estar en forma y considero que la obesidad es una enfermedad, y el sedentarismo un trastorno. Me encantan las cremas, los maquillajes, los tratamientos y los productos de belleza. Pero no soporto el modo en que la industria nos los envuelve y presenta, convirtiendo lo que deberían ser objetos al servicio de nuestro placer y nuestra belleza en un regalo envenenado. Cuando ojeo una de esas revistas me imagino que están diseñadas por un tipo estirado y sádico que tiene el aspecto de Karl Lagerfeld y alza la ceja conteniendo una mueca de asco en cuanto le llega el aroma de un verdadero cuerpo de mujer. Y me asombro de que se puedan llenar 130 páginas (las he contado esta mañana, irónicamente antes de acudir a la presentación de una nueva línea cosmética) con productos de todos los tamaños, texturas, precios y colores que comparten espacio con los inevitables artículos sobre cómo rebajar, reducir, reubicar, retirar, recortar y rebanar la grasa. Esa grasa de la que, en la misma revista, se dice que “afecta” (como si fuera un virus letal) al 90% de las mujeres.

Como las cuarentañeras de mi adolescencia, ahora soy yo la que me pregunto cuándo fue que las mujeres nos dejamos imponer esta dictadura maligna. Cómo puede ser que el cuerpo femenino, capaz del milagro de acoger y alumbrar una vida, sea denigrado, criticado y rechazado de esa manera. Afortunadamente, creo que cada vez más somos más las que ignoramos ese tipo de revistas o pasamos las páginas en bloque cuando nos venden una entrevista con una skinny model de 19 años que pretende revelarnos las grandes verdades de la vida. O a lo mejor es solo que yo me he hecho mayor. Cosa que por lo general me fastidia cuando me miro al espejo (aunque nada más lejos de mis pretensiones que encajar en una talla 34) pero que a veces, secretamente, me regocija.

Por ejemplo, cuando la chica de prensa me cuenta las bondades del nuevo producto, que se expone en una urna iluminada como si fuera una escultura de Rodin, y la interrumpo para preguntarle si ella lo ha probado. “¡Uy no, porque es para mayores de 35!” dice, y regresa a la nota de prensa que me recita sin saltarse ni una coma. En medio de ese ambiente supuestamente glamouroso de las presentaciones de productos de belleza, y que a mí me recuerda a una reunión de nuevas ricas que ponen mucho cuidado en parecer elegantes, enteradas y mundanas, la jovencita de prensa me propone que me siente en un tocador monísimo que han instalado en medio del bistró y me haga una foto con uno de los carteles (ella los llama “insights”) que resumen el espíritu del nuevo lanzamiento. Me invita a elegir entre En solo 7 días saldrás de casa sin maquillaje, En solo 7 días te gustará más mirarte al espejo o En solo 7 días no te preocupará salir en las fotos.

“Gracias, pero no”, le digo. “Yo es que salgo de casa sin maquillar siempre que me apetece”. Ella no se inmuta. Secretamente está pensando que soy una petarda, pero no me lo puede decir. Ya somos dos. 

Cuando Facebook convierte la oficina en un (fabuloso) patio de recreo

Me da la risa cuando oigo decir que Facebook solo sirve para contar tontadas del estilo “Estoy en el metro camino de mi clase de macramé”. Yo podría pasarme 24 horas al día disfrutando con las publicaciones y enlaces de mis amigos y conocidos. Pero lo mejor de mi Facebook es el cuartito privado que comparto con mis compañeras de trabajo. Privado y multiusos, pues nos sirve como sala de reuniones, afterwork desenfrenado, aula virtual, confesionario íntimo y sede para improvisados grupos de apoyo. 

Es un cuartito virtual, sí, porque nosotras nos hallamos esparcidas entre Madrid, Allerona, Buenos Aires, Nueva York, San Francisco, Luisiana y distintas ciudades de Florida. Y nunca deja de parecerme un milagro que la tecnología nos permita intimar, apoyarnos, trabajar juntas, contarnos cosas que nunca sabrán aquellos que comparten pared y ascensor con nosotras. A veces nos desahogamos aireando nuestras miserias; a menudo acabamos llorando de risa. Nuestro pequeño secreto es que dentro del grupo somos un poquito más nosotras mismas que en nuestros perfiles públicos, pues al cerrar la puerta nos desprendemos del traje de profesionales y nos volvemos un poco niñas, un poco payasas. Amigas. 

Sin embargo, basta que me despiste un par de días para que me cueste seguirles el hilo. Porque a mis fabulosas compañeras les conceden premios por su talento, las invitan a hablar en público, se las rifan para trabajar con ellas. Ah, qué maravilla cuando abro la puerta del cuartito y me pierdo porque ya no sé quién ha recibido una oferta y quién felicita a quién por el éxito de su nuevo proyecto. En estos momentos en que ver el telediario o abrir un periódico nos marchita el espíritu y hasta las neuronas, ellas son mi luz, mis campanillas y mi ventana abierta a un cielo de primavera. 

Os presento a Eliana, mamá de dos niños con síndrome de Down que ha creado una red con la que abraza a otros padres en su misma circunstancia. La magia entre fogones de Fernanda y Laura F, hermosas hechiceras empeñadas en mostrar a los norteamericanos que se puede comer rico y sano. La fuerza callada, maternal, bañada en dulzura, de Soe, Veronique, nuestra Eileen, traviesa cheerleader. La perserverante Elizabeth, buscadora infatibable del camino que debía conducirla a la familia que soñaba. Laura C, sabia conocedora del poder de una buena carcajada para matar a los demonios. Y Lorraine, nuestro faro, nuestro ángel. Amiga, compañera, mentora cuya aura me atrapó por primera vez hace 20 años al leer su primer libro, en el que narraba su batalla juvenil contra la anorexia.

Y es que las mujeres de este grupo hemos sobrevivido a la enfermedad y la muerte de algunos de nuestros seres más queridos, a divorcios, pobreza y abortos, al alcoholismo y el abandono, al exilio, a la crisis, al desarraigo. 

Y aun así, mira bien la foto. Mira qué sonrisas. ¿Verdad que somos fabulosas?

 

Amor y Letras

Esta tarde he disfrutado con la película “Amor y Letras” (Liberal Arts), que cuenta la amistad romántica entre un hombre de 35 años y una jovencita de 19, alumna de la antigua universidad donde estudió él. Me temía una de esas comedias bobas que solo sirven para vegetar en el sofá una noche tonta, una de esas con chica atolondrada y chico demasiado encantador, pero me he encontrado con una película inteligente y tierna.

Los protagonistas se intercambian cartas, de las escritas a mano, y discuten acerca de los libros malos. Ella dice que los lee porque, aunque sean estúpidos, le hacen feliz. Él cree que no debemos leer para entretenernos, sino para tomar conciencia. Idolatra a su antigua  profesora de Literatura Romántica, la mejor maestra que ha tenido en su vida. Hasta que vuelven a verse y se topa con una mujer de corazón endurecido para quien los poetas románticos solo fueron unos tipos desgraciados que experimentaron un instante de trascendencia y tuvieron a bien ponerlo por escrito. 

“Amor y Letras” habla de cómo podemos amar la literatura, pero también aprender a cerrar los libros y dejar de leer sobre la vida para empezar a vivirla. Alargar la mano y atraer hacia nosotros un pedazo de cielo. Puede ser al recibir una carta escrita a mano, o recorriendo el asfalto mientras escuchamos música clásica. Habla de las cárceles de la vejez y los desiertos que transitamos en la adolescencia, de las crisis de mediana edad y de que no importa la edad que tengamos; siempre se nos ofrece una nueva oportunidad de encontrar belleza en un poema, en la bondad de un amigo, en la cadencia de las palabras que brotan de un corazón noble. Destellos de luz, puertas que se abren y nos traen una ráfaga de eternidad que se posa en nuestra piel como el beso de un amante.

O en palabras del poeta John Keats:

Lo hermoso es alegría para siempre:
su encanto se acrecienta y nunca vuelve
a la nada, nos guarda un silencioso
refugio inexpugnable y un reposo
lleno de alientos, sueños, apetitos.               
Por eso cada día nos ceñimos
guirnaldas que nos unan a la tierra,
pese a nuestro desánimo y la ausencia
de almas nobles, al día oscurecido,
a todos los impávidos caminos               
que recorremos; cierto, pese a esto,
alguna forma hermosa quita el velo
de nuestro temple oscuro.

 

Reseña en el blog Yo me llamo Cata

Sin ninguna duda no me equivocaba pensando que esta lectura es obligatoria para todas las chicas enamoradizas (como yo). La verdad que comencé a leerlo y no lo dejé hasta que el sueño me venció, ni siquiera mi querido amigo el café pudo ayudarme, pero imaginaros que al día siguiente me desperté antes de lo normal para poder leerlo en la camita, me lo he llevado al instituto, al bús, al clase de italiano, clase de violín…en fin que no me he separado hasta acabar de leerlo, y por cierto volver a leer en final como dos veces, me ha dado mucha pena que acabara. Seguir leyendo. 

Reseña en About.com Lesbianas: “Una novela sobre el amor y cómo lo reinventamos”

Alguien decía que, cuando se empieza a leer un libro, pasa de ser del autor a ser del lector. Esto quiere decir que, cada lector, hace suya la historia que el autor narra, con su forma de interpretar los hechos, valorar los personajes y entender los mensajes- si los hubiera- que el escritor o escritora quiere dar. Es decir, lo que transmiten los libros, más allá del autor, es un tanto subjetivo; lo importante, lo que puede anclarnos a la lectura o no, es la forma de transmitirlo. Seguir leyendo.

El arte de saber hablar de arte

¿Quién no se ha sentido alguna vez ignorante, ordinario y hasta estúpido ante un cuadro abstracto? O una ópera, o un espectáculo de danza. Cualquier obra de arte nos puede emocionar, y también nos puede hacer sentir rígidos, envarados. Yo creo que esto ocurre cuando intentamos entenderla, explicarla, demostrar que somos lo bastante cultos e inteligentes para captar lo que nos ha querido decir el artista. También, cuando alguien nos pide que expresemos lo que nos transmite.

Lo he notado en otras personas cuando han leído mi novela y no saben decirme qué les ha parecido. Porque a mí me ha pasado lo mismo con los libros que han escrito otros. Me siento como si estuviera en el colegio y me fueran a evaluar. “¡Rápido, di algo inteligente!”, pienso. Como si el otro se fuera a sentir decepcionado si no. O peor aún, a pensar que soy una inculta. Y entonces me pongo a pensar cómo decir algo ingenioso y que además no se limite al contenido. La crítica perfecta debería incluir referencias a otras obras y un análisis del estilo y de la técnica. ¡Uf, qué presión! 

Por eso me gusta el nuevo programa cultural de los viernes, “Atención obras”. No es minoritario, ni pedante, ni -ay, qué palabra- elevado. Los colaboradores sonríen y se expresan con naturalidad. Hablan de los temas de los que trata una obra de teatro, de las emociones que despierta una novela o del sentimiento que da vida a una coreografía. Esa cercanía permite que el espectador entre en el juego, en lugar de replegarse abrumado por la superioridad del crítico o del autor. Al fin y al cabo, el arte es una vía para expresar emociones, dar rienda suelta a las neurosis, comunicar ideas o conectar con lo espiritual. Nos lo cargamos todo cuando tratamos de convertirlo en algo puramente intelectual, que nos devuelve a los tiempos en que había que estudiarlo por si caía en el examen. Lo volvemos feo y aburrido. 

Cuando unos recurren al lenguaje críptico para demostrar que son más listos que nadie o tratan de vender humo empaquetado en conceptos pomposos, otros se quedan contemplando un cuadro completamente blanco, como el que vi el otro día en el MACBA, con la cara tensa y sin atreverse a decir “Menudo truño”- “No me gusta” – “No me dice nada”.

Y al final, la torpeza, el ego y la tontería de unos y de otros impiden que una obra de arte pueda llegarnos al corazón, que es lo que al artista honesto más le gustaría escuchar cuando nos pregunta “¿Qué te ha parecido?” 

Foto: Javier González Vega